DEHESAS

 

El origen de las dehesas se remonta probablemente a entre cuatro y cinco mil años, en los periodos Neolítico y Calcolítico, cuando el territorio hoy conformado por este hábitat estuvo ocupado por hombres y mujeres dedicados a labores agrícolas y ganaderas, coincidiendo también con el desarrollo del fenómeno megalítico y la aparición de menhires y dólmenes. Precisamente en uno de estos conjuntos de dólmenes, el de Lagunita en Santiago de Alcántara, provincia de Cáceres, se encontró durante una excavación fermento de cebada, lo que nos invita a pensar no solo que ya fabricaban cerveza sino que probablemente para hacerlo cultivaban buenas extensiones de este cereal. Para ello debieron clarear el bosque mediterráneo original, lo que probablemente se vería favorecido además por las incipientes prácticas ganaderas de aquellos embrionarios modelos de organización social.

Las dehesas son por lo tanto un tipo de hábitat antrópico, originado y mantenido durante milenios por la acción del ser humano con el fin de favorecer la producción de pasto y bellotas para su aprovechamiento agrícola y ganadero, además de madera, corcho, leña, carbón, caza, setas y otros productos silvestres como espárragos trigueros, cardillos, aromáticas, etc., siendo probablemente el modelo más antiguo de gestión forestal sostenible que conocemos. Tienen una densidad de árboles muy variable compuesta de quercíneas como encina (Quercus ilex subsp. ballota), alcornoque (Quercus suber), roble (Quercus pyrenaica) y quejigo (Quercus faginea) o por una mezcla de ellas, aunque en Extremadura las más habituales son las dos primeras, especialmente las de encina. Dispersos entre ellas aparecen piruétanos (Pyrus bourgaeana), majuelos (Crataegus monogyna) y un mosaico de matorrales de especies del género Cistus, Genista, Cytisus o Retama, pastos y zonas de labor, complementado con regatos estacionales y charcas ganaderas o pequeños embalses que generan una gran biodiversidad.

En cuanto a la fauna que albergan, se mezclan en ellas especies presentes en áreas abiertas con medios forestales, zonas húmedas, afloramientos rocosos o matorral: rapaces como el milano real (Milvus milvus), milano negro (Milvus migrans), águila calzada (Aquila pennata), culebrera europea (Circaetus gallicus) o búho real (Bubo bubo) entre muchas otras y la destacable presencia de invernantes como la grulla (Grus grus). Entre los paseriformes la alondra totovía (Lullula arbórea), cogujada montesina (Galerida theklae), alcaudón común (Lanius senator), currucas (Sylvia spp.) o rabilargo (Cyanopica cyanus) y mamíferos como el turón (Mustela putorius), la gineta (Genetta genetta) y el conejo (Oryctolagus cuniculus). También anfibios y reptiles como la rana común (Pelophylax perezi), el lagarto ocelado (Timon lepidus), la lagartija ibérica (Podarcis hispanicus) o la culebra lisa meridional (Coronella girondica) y un sinfín de especies de insectos.

Sin embargo este paraíso medioambiental que ha sido además un modelo de sostenibilidad de rotundo éxito a lo largo de los siglos está actualmente en peligro: la enfermedad conocida como la “seca” que mata miles de árboles centenarios cada año es la punta del iceberg que amenaza a este hábitat de alto valor natural y a sus habitantes. En efecto, el patógeno Phytophthora cinnamomi, un Oomycetes o pseudohongo causante de la llamada podredumbre radical, es uno de los principales responsables de la seca de los árboles en la dehesa; el mismo patógeno que causa la tinta del castaño y puede infectar hasta mil especies vegetales distintas. Pero lo cierto es que hay mucho más, puesto que para mantener una dehesa en buen estado deben controlarse también su carga ganadera y sus pastos, mantener la rotación tradicional de los animales, practicar podas no agresivas y principalmente prestar atención el regenerado de los árboles que mueren -lo que se hace en muy pocos casos-, en definitiva, una gestión cotidiana que indudablemente supone gastos. El debate se establece ahora en su rentabilidad, que muchos defienden que es nula ante la subida de estos gastos mientras el precio del ganado y de otros de sus productos se mantiene o incluso baja, aunque hay numerosos casos conocidos que demuestran lo contrario con dehesas bien gestionadas, sostenibles y perfectamente rentables. Lo cierto es que se necesita un buen número de hectáreas de dehesa para que su explotación sea viable y aquí entramos en el problema de la distribución de la tierra, que en aquellos casos en los que recae sobre manos privadas, la mayoría en realidad y con grandes extensiones, depende de la sensibilidad o intereses de cada propietario, mientras que en los que lo hace en modo comunal como las dehesas boyales, son los ayuntamientos y sus propios administrados quienes deciden qué modelo de gestión aplicar, y desgraciadamente no siempre están de acuerdo en cuál es el idóneo.

Por si fuera poco la reforma de la PAC (Política Agraria Común) de la Unión Europea en 2015 supuso un importante recorte de las ayudas a las dehesas al aplicar un nuevo Coeficiente de Admisibilidad de Pastos (CAP) que descuenta de una parcela el terreno que hay bajo el paraguas de la encina al entender precisamente que ese espacio no es pasto, quitándole por lo tanto en muchos casos entre el 30 o el 40% del terreno subvencionable. Afortunadamente la propia Unión Europea ha reconsiderado su postura entendiendo la peculiaridad de las dehesas en ese sentido y el reciente reconocimiento de las mismas como pastos permanentes en la reforma intermedia de la PAC, permitirá una mayor certidumbre legal y que en el futuro inmediato estas zonas reciban mayores subvenciones comunitarias.

Aunque mucho nos tememos que esto será insuficiente, y que de hecho no debe ser suficiente, pues tiene que depender de nosotros mismos que las dehesas sigan vivas otros cuatro o cinco mil años como poco; y como no puede ser de otra manera recae en la Administración la tarea de salvaguardarlas, con la necesaria, imprescindible, implicación de sus propietarios. Para ello debemos regular más y mejor los modelos de gestión forestal, agrícola y ganadera atendiendo a los numerosos estudios técnicos existentes sobre el tema; legislar para potenciar la explotación de otros recursos endógenos presentes en las dehesas como las setas, cuya regulación es de una necesidad imperiosa en Extremadura, y por supuesto fiscalizar la caza para que su práctica resulte definitivamente sostenible y rentable económicamente para todos, evitando de paso que numerosas dehesas caigan en el abandono de sus propietarios al dedicarlas únicamente a esta actividad no poca veces en dinero negro. Y también debemos proponernos abrir las dehesas al turismo de naturaleza: este hábitat lleno de peculiaridades y biodiversidad, de hecho único en el mundo y solo presente en el cuadrante centro sur de la península ibérica, que sin embargo resulta a día de hoy prácticamente invisible para locales y foráneos. Claro que para esto necesitamos voluntad política, sensibilidad y buenas prácticas empresariales por parte de los propietarios, formación y educación ambiental en nuestras zonas rurales… y esto es más fácil decirlo que hacerlo.

HABITANTES DE LA DEHESA