LA CONSTRUCCIÓN DE UN PAISAJE SIMBÓLICO - Por Hipólito Collado y José Julio García

→ Primeros pobladores de Monfragüe

Muy poco es lo que sabemos de las primitivas gentes que habitaron el territorio de Monfragüe durante la prehistoria. De los tiempos más remotos, posiblemente de las etapas conocidas como Paleolítico Inferior y Paleolítico Medio, se han encontrado algunas herramientas de piedra en las orillas del Tajo y del Tiétar. Eran grupos nómadas de cazadores recolectores que utilizaban los ríos, las antiguas autovías de la prehistoria, como inagotable fuente de aprovisionamiento, tanto de materias primas para fabricar sus útiles, como de recursos alimenticios, pues junto a estos cursos de agua no les faltarían oportunidades para cazar o pescar animales.

Figuras simbólicas. Abrigo de Las Medusas.Sierra de Santa Catalina (Serradilla)

Ninguna huella hemos encontrado, hasta la fecha, de los cazadores del Paleolítico Superior, a pesar de que su presencia está atestiguada en la provincia cacereña por medio de las pinturas y grabados de la cueva de Maltravieso en Cáceres, o de los grabados de osos, ciervos y caballos de la pequeña gruta de la Mina de Ibor en Castañar de Ibor. Quizás, las condiciones de habitabilidad en un periodo de fríos glaciares extremos no fueron las más adecuadas, aunque también es posible que no hayamos aprendido todavía a desvelar algunos de los secretos que aún se ocultan en sus montes.   

Con el final de las glaciaciones y un clima más benigno, la huella del hombre prehistórico vuelve a hacerse visible en el territorio de la reserva de la biosfera, esta vez bajo la forma de figuras pintadas o grabadas sobre las paredes. Se trata de pequeños grupos muy móviles, aún dependientes de la caza y la recolección, pero que empiezan a “domesticar” un territorio en el que los bosques, los vados que permiten atravesar los cursos de agua, los montes más elevados o los abrigos rocosos que les sirven de refugio ocasional o de apostadero de caza, además de constituirse en enclaves importantes en su devenir diario, empiezan a integrarse en sus relatos, en sus historias míticas contadas alrededor de un fuego donde se hablaba de grandes jornadas de caza, de los animales más peligrosos o de los mejores cazadores. Se construye de este modo una memoria colectiva donde los hitos de ese paisaje –las montañas, los ríos, las cuevas…– que sirven de escenario a estos relatos empiezan a conformar la idea de un territorio colectivo del que es necesario apropiarse, empleando para ello diferentes sistemas, entre los que destaca el arte rupestre. Aparecen así las primeras pinturas rupestres de la reserva, figuras de animales en las que aún se mantiene un cierto estilo naturalista heredado del arte paleolítico, en el que los grandes animales eran representados con todo lujo de detalles (seguro que a todos nos viene a la cabeza en este momento alguno de los magníficos bisontes del techo de Altamira). La cueva del castillo de Monfragüe (Torrejón el Rubio), es el lugar donde podemos observar el que, posiblemente, sea uno de los mejores ejemplos de esta fase antigua del arte rupestre de Monfragüe. Allí, en la parte más profunda y elevada de la cueva, sobre una superficie lisa y vertical, fue pintada una magnifica figura de ciervo. Está infrapuesta a representaciones humanas realizadas muchos siglos después, y presenta un gran cuerpo oval relleno de pigmento rojo sostenido por cuatro patas con una pequeña cola en la parte derecha, y al otro extremo un largo cuello curvado que remata en una pequeña cabeza adornada con una enorme cornamenta.

Con el Neolítico se producen cambios en todos los órdenes. Superar la exclusiva dependencia de la caza y la recolección (que en ningún momento llegó a abandonarse) gracias a la aparición de la agricultura y la ganadería, implicó un mayor grado de sedentarización y posiblemente un aumento demográfico. Con ello, la complejidad social aumenta, se multiplica la división de funciones y la especialización del trabajo, por lo que los grupos tendrán, no solo más capacidad para modificar su realidad inmediata, sino una mayor necesidad de controlarla. Intensifican de este modo su control sobre el territorio construyendo en él hitos artificiales, unas veces en forma de monumentos megalíticos, y la mayor parte de las veces a través de manifestaciones de arte rupestre, incrementando de este modo la simbolización del paisaje con el que reivindican la posesión de la tierra o el dominio sobre los recursos primarios. El paisaje natural se transforma en un paisaje cultural organizado mediante un tipo de arte rupestre, el conocido como ciclo esquemático, que muestra un estilo completamente nuevo respecto a las antiguas manifestaciones de los grupos cazadores-recolectores.

“La cueva del Castillo es posiblemente uno de los mejores ejemplos de la fase antigua del arte rupestre de Monfragüe”

Representaciones humanas, animales y simbólicas del arte esquemático de Monfragüe

Evidencias de megalitismo encontramos en las proximidades de la localidad de Serradilla, en la finca de Rodesnera del Poniente –cerro de la Atalaya–, donde se localizan dos túmulos o montículos artificiales que aún protegen en su interior sendos sepulcros megalíticos de cámara circular y corredor largo; otros dos dólmenes se conservan en el entorno de Malpartida de Plasencia, y un quinto, de ubicación más imprecisa, se ha documentado en el término de Torrejón el Rubio.

Aparte de los sepulcros dolménicos indicados, se ha localizado hace algunos años un conjunto de menhires, vocablo con el que se denomina a los grandes bloques monolíticos de piedra de forma alargada y más o menos cilíndrica, en ocasiones con aspecto fálico –posible vinculación con un culto a la fertilidad–, hincados verticalmente en el suelo, que pueden aparecer aislados, o formando parte de ciertas alineaciones o agrupaciones, como es el caso que ahora nos ocupa. Se trata de una concentración de tres ejemplares localizados en la finca de la Cerca, a poco más de 1 km de la localidad de Malpartida de Plasencia, realizados con esquisto pizarroso del substrato local. Más que alineados, parecen presentar una disposición triangular, estando decorados los dos menhires que marcan los vértices de la “base” del triángulo con grabados incisos con forma de zigzag. Se ha señalado que la disposición de tal formación, que se desarrolla en paralelo al discurrir del arroyo Grande y del actual camino de Malpartida a Plasencia/Coria, parece “apuntar” hacia los relieves serranos del parque de Monfragüe situados al sur, y en concreto hacia las dos rutas de tránsito que presiden el horizonte desde aquel punto: el paso que se abre en la sierra del Mingazo, y el que discurre a través del puerto de la Serrana. Ello nos sugiere que, desde un punto de vista funcional, estos hitos debieron actuar como elementos demarcadores de espacios en los que se desarrollaba la vida cotidiana, y de territorios y/o de recursos explotables, en los que los canales de tránsito y de relación entre grupos diferentes a través de las serranías debieron desempeñar un importante papel.

A todo lo anterior se une, además, que nos encontramos en el gran momento del arte rupestre en Monfragüe. Miles de símbolos son pintados sobre las paredes del más del centenar de abrigos que han sido documentados a lo largo de las sierras de Santa Catalina, Peñafalcón, Monfragüe, Corchuelas, Espejo, Piatones y Miravete. Son figuras fundamentalmente pintadas en rojo, conseguido al mezclar óxidos de hierro con aglutinantes vegetales (aceites, resinas, claras de huevo), y agua o algún otro tipo de componente líquido. En mucha menor proporción, encontramos figuras realizadas en color negro (óxidos de manganeso) o blanco (caolín, o calizas). Lo habitual es que en los motivos se emplearan un único color. Sin embargo, excepcionalmente, encontramos figuras en las que se combinan dos o tres tipos de pigmentos, como podemos observar en varios de los paneles del abrigo del Espolón, en el entorno del arroyo Barbaón, dentro del término municipal de Serradilla.

En no pocas ocasiones los pigmentos eran aplicados con el dedo, consiguiendo de este modo un trazo de bordes regulares y un grosor aproximado de un centímetro, aunque también se usaron pequeños pinceles de pelo de animal, fibras vegetales o plumas de ave, tampones hechos con pieles o simplemente pequeñas ramas o fragmentos de madera con uno de sus extremos aguzado o ligeramente aplastado.

“El hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos”

Con estos medios, el hombre prehistórico desarrolló a lo largo de más de tres mil años un universo figurativo amplísimo, aunque condensado básicamente en tres tipos de figuras: las representaciones humanas, las figuras animales y los motivos esquemáticos.

Las primeras, adquieren un especial protagonismo respecto a las representaciones de animales, mucho menos numerosas en el imaginario esquemático. Se trata de figuras humanas cuya estructura corporal queda reducida a los elementos básicos que permiten reconocer a cualquier ser humano: la cabeza, el cuerpo, los brazos y las piernas. Aparecen casi siempre estáticas, en posición frontal, mirando hacia el espectador. La variedad viene impuesta fundamentalmente por la propia morfología de las cabezas, que varían desde una simple forma circular (rellena o no de pigmento), un pequeño trazo vertical o una línea curvada, y también por la forma de colocar los brazos y las piernas (rectos, en ángulo, hacia arriba, hacia abajo, cerrados en círculo, formado un zigzag, etc.). Estos motivos antropomorfos se complementan a veces con otros detalles anatómicos, como la representación de manos, pies y dedos o la indicación sexual, o con detalles etnográficos en forma de tocados, armas, herramientas, ropajes o adornos corporales.

Los animales esquemáticos por regla general han perdido todo atisbo del naturalismo con el que eran representados en épocas precedentes, y en la mayor parte de las ocasiones su morfología se limita a una figura conocida en el argot como pectiniforme, formada por un trazo en horizontal para representar el cuerpo, del que parten hacia la zona inferior varios trazos en vertical (cuatro por lo general), con los que se configuran las patas. En ocasiones el trazo horizontal se prolonga por uno o ambos extremos para indicar, respectivamente, la cola o la cabeza, en donde algunas ocasiones se detallan orejas o cornamentas.

Finalmente, el gran protagonista de este universo iconográfico del arte rupestre esquemático lo constituye un amplísimo número de signos, desde los más simples, como los puntos, las digitaciones o los simples trazos colocados en las posiciones más diversas, a otros motivos morfológicamente más complejos, como los ramiformes, los círculos, las figuras angulares, los tectiformes o estructuras –casi siempre motivos rectangulares compartimentados al interior–, los trazos ondulados, los esquemas en zigzag, las retículas o las figuras con forma de sol, al margen de un amplio número de representaciones indeterminadas cuya forma escapa a cualquier paralelo con figuras o formas geométricas definibles en la actualidad.

“Unos enclaves que responden al objetivo de simbolizar los recursos de un territorio y ejercer el control efectivo sobre los mismos. Un sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos los que transitaron por el territorio”

Todo este mundo simbólico está irremediablemente asociado a esos pequeños “museos al aire libre” que son los lugares (abrigos, covachos, grandes paredones ligeramente inclinados, grietas, pequeños huecos, etc.) donde el hombre pintó o grabó estas figuras. Una selección de enclaves que en absoluto debe considerarse como algo aleatorio, sino que responde a una acción claramente premeditada cuyo objetivo fue, como ya hemos referido con anterioridad, simbolizar los recursos de un territorio para ejercer un control efectivo sobre los mismos, desarrollando de este modo una suerte de primitivo sistema de comunicación pictográfico comprensible por todos y cada una de las gentes que en su día transitaron por este territorio.

La consolidación de la Edad del Cobre y la posterior Edad del Bronce, discurre en paralelo a un progresivo incremento demográfico que obliga a acentuar el control sobre los recursos. Ello conlleva la implantación en el área de la reserva de un modelo poblacional en el que prima el carácter estratégico de los asentamientos. Se tiende a ocupar zonas abruptas y de mayor altitud, vinculadas al control de recursos en terrenos desfavorables para la agricultura, aunque con buenos condicionantes para el aprovechamiento forestal y ganadero; pero sobre todo al control de puntos estratégicos –las zonas de vado, los collados, etc.–, para el dominio de las rutas de intercambio comercial y ganadero. Rutas que, de norte a sur y viceversa, atraviesan la parte central de la penillanura trujillano-cacereña, y que se topan a medio camino con las cuencas del Tajo, Almonte y Tiétar, y con las elevaciones que de este a oeste constituyen la columna vertebral del parque nacional. Los portillos naturales como los del Salto del Gitano, el Salto del Corzo, el puerto de la Serrana, el portillo de Calzones o la garganta de Serradilla se configuran como magníficos accesos naturales que permiten cruzar este territorio. Posteriormente serán los cursos de los pequeños afluentes como los arroyos Malvecino, Barbaón o Calzones los que canalizarán hacia las tierras del norte todo el tránsito que discurriría por estos pasos naturales. En todos los casos, tanto las portillas como los pequeños cauces aparecen dominados por poblados de altura –castillo de Monfragüe, Peña Falcón o puerto de la Serrana–, y, vinculados con los mismos, las pinturas rupestres cuyo mensaje, a veces renovado con nuevas figuras, sigue vigente en todos estos periodos.

Lo mismo que la dehesa, Monfragüe ha sido un territorio configurado por el ser humano a lo largo de la historia. Un paisaje habitado, domesticado y simbolizado en el que hombre y naturaleza han convivido en un profundo respeto. Hoy en día, solo alcanzamos a atisbar parte de esa íntima relación. Seguir profundizando en su conocimiento será tarea de nosotros, los investigadores; pero continuar preservando este espacio, donde la cultura se funde con la naturaleza, será tarea de todos.

AZUL PIEDRA · RESERVA DE LA BIOSFERA TAJO INTERNACIONAL: TIEMPO INMEMORIAL

En la vieja frontera del Tajo parece que el tiempo se ha detenido, y con él la piedra, que perdura e impresiona.

Dolmen el Mellizo (Valencia de Alcántara)

En los periodos Neolítico y Calcolítico, hace entre cuatro y cinco mil años, se desarrolló el fenómeno megalítico, literalmente el fenómeno de las grandes piedras, que cuando aparecen de forma aislada se consideran menhires y si lo hacen en conjuntos dan lugar a sus monumentos más conocidos: los dólmenes. El territorio de la reserva de la biosfera de Tajo Internacional, a uno y otro lado de la frontera, no solo no fue ajeno al megalitismo, sino que alberga uno de los conjuntos europeos más importantes de este periodo; solo el término de Valencia de Alcántara cuenta con cuarenta y un dólmenes catalogados, estimándose que han desaparecido al menos catorce. Son además los que presentan el mejor estado de conservación gracias a que la mayoría es de granito, más consistente que la pizarra presente en los otros municipios con dólmenes como Herrera de Alcántara, Cedillo, Alcántara -aquí se puede visitar también el imponente menhir del Cabezo- y Santiago de Alcántara, donde además existe un centro de interpretación de la Cultura Megalítica; como dato curioso, durante las excavaciones en el dolmen Lagunita III de esta última localidad se encontró un recipiente con fermento de cebada, lo que parece indicar que ya fabricaban y consumían cerveza. Tomaran cañas o no, lo cierto es que los dólmenes son una visita que nunca falla; solo imaginar cómo esas gentes movían tales piedras y con qué finalidad lo hacían, sigue fascinando por igual a mayores y pequeños.

→ El puente de Alcántara

Así, tal cual, se titula la famosa y muy recomendable novela de Frank Baer, que recrea las vicisitudes de la península ibérica del siglo XI, con nuestro puente imperecedero como escenario de su desenlace final. Y es que el puente de Alcántara es sin duda uno de los monumentos más espectaculares de cuantos nos dejó la civilización romana: seis arcos, el mayor de 28,8 m de luz, sostenidos sobre cinco enormes pilares que se elevan majestuosos para sortear el río Tajo, facilitando el paso de una de las principales vías de comunicación de la época en la península, la calzada de Corduba (Córdoba) a Portus Cale (Oporto). En el centro de su estructura se erige un gran arco del triunfo, con una inscripción en la que puede leerse que el puente se erigió en honor al emperador de origen hispano Trajano, datándolo entre los años 103 y 104 d.C. En el templete, también romano, en una de las entradas del puente puede leerse otra inscripción que, tras aludir de nuevo al césar y a los dioses romuleos, viene a decir “…quizá la curiosidad de los viajeros, cuyo cuidado es saber cosas nuevas, se pregunten quién lo hizo y con qué intención. El puente, destinado a durar por siempre en los siglos del mundo, lo hizo Lacer, famoso por su divino arte…”. Cayo Julio Lacer, su autor, no exageraba, el puente perdura y es uno de los lugares más impresionantes que los viajeros puedan visitar.

→ Conjuntos históricos

Brozas fue desde el siglo XIII sede de la encomienda mayor de la Orden de Alcántara, por lo que su trama urbana es claramente medieval ya que las calles se generan radialmente a partir del centro, donde se encuentra la iglesia parroquial de Santa María la Mayor de la Asunción. Junto a ésta, el palacio o castillo de la Encomienda, edificio monumental de la localidad, y repartidas por el núcleo urbano otra iglesia parroquial, ermitas, conventos, el antiguo hospital de Santiago e imponentes casas solariegas como la de los Bravo, Argüello, Flores, Condes de Canilleros.... algunas como las de los Tejada o los Gutiérrez Flores con balcones de esquina, un interesante elemento tradicional de la arquitectura cacereña del siglo XVI.

En cuanto a Valencia de Alcántara, su vinculación con la Orden es tan evidente que la lleva de apellido. Entre sus muchos atractivos patrimoniales está la monumental iglesia de Rocamador, y aneja a ella el castillo fortaleza con su imponente torre del homenaje, desde donde se obtienen unas magníficas vistas de la localidad. Pero lo más peculiar de este conjunto histórico es su barrio Gótico Judío -emparentado con el de la cercana ciudad portuguesa de Castelo de Vide, donde muchos de sus pobladores se asentaron tras su expulsión-, un total de 19 calles largas y estrechas de trazado irregular típicamente medieval, en cuyas casas se conservan 266 portadas exteriores de estilo ojival y adintelado, que se completa con la restaurada sinagoga. Una auténtica sorpresa para cualquiera que visite este lugar tan lleno de historia como insuficientemente conocido.

Por su parte, Alcántara tiene una notable arquitectura señorial, con numerosas casas solariegas y palacios con portadas y blasones como los de los Barco, Bernardo de Aldana, Bootello, Arias de Quintanadueñas, Pereros, Barrantes Maldonado...  En cuanto a la religiosa, lo más impresionante es el conventual de San Benito, del siglo XVI, uno de los conjuntos más representativos del renacimiento extremeño, cuya conocida galería de Carlos V compone el marco en el que se desarrolla el Festival de Teatro Clásico de Alcántara. También impone la iglesia arciprestal de Ntra. Sra. de Almocóvar, del siglo XIII, levantada sobre la antigua mezquita de la localidad y de cuyo templo original románico se conservan las tres portadas. La iglesia de San Pedro de Alcántara, erigida en honor del santo alcantarino patrono de Extremadura, y los conventos de Sancti Spiritus y de San Bartolomé, actualmente Hospedería de Extremadura, completan el conjunto.

La Conceja

Esta magnífica fuente es una muestra única de arquitectura funcional popular, cuyo nombre alude a la congregación comunitaria vecinal, o concejo, que formaban los habitantes de Zarza la Mayor, entonces La Zarza a secas. Se trata realmente de un pozo hecho a base de sillares graníticos de talla regular, con una profundidad aproximada de siete metros, construido probablemente en el primer cuarto del siglo XIV. Sobre él se dispone un amplio brocal, también de granito y de planta rectangular, en cuyos frentes se suceden arcos apuntados y de medio punto, ya que la fuente estaba techada con grandes láminas del mismo material que desaparecieron con el paso del tiempo; por su monumentalidad debió hacerse sobre el principal acuífero de la localidad. Aunque a mediados del siglo XVII fue parcialmente reconstruida por alarifes llegados expresamente de Portugal, lo cierto es que la fuente y su entorno sufrieron un proceso de degradación importante que afortunadamente se ha revertido y hoy componen la imagen más significativa de la localidad.

  AZUL PIEDRA - RESERVA DE LA BIOSFERA DEL TAJO INTERNACIONAL
 
 
COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

¡AGUA! Por Agustín Gallardo

→ Reserva de la biosfera de Monfragüe: hidrosfera.

La primera vez que visité Monfragüe fue en bicicleta. Correría el año 1986 u 87, no recuerdo bien, y al no ser yo mayor de edad, ni mucho menos de bolsillo lleno, aún no disponía de otro medio de locomoción autónomo que los pedales de mi Peugeot; una de carreras como decíamos entonces -y creo que se sigue diciendo- ante la recientísima aparición en Extremadura por aquellas fechas de las bicicletas de montaña. Todavía la monto a veces cuando acudo a Portugal, pues cuando me fui a Valencia a estudiar Bellas Artes acabé por vendérsela a mi cuñado para comprarme unas botas de montaña y un objetivo para la réflex que me prestaba mi hermana mayor, y él la conserva aún, algo tuneada, en la casa que compartimos en el país vecino.

Recuerdo aquel viaje con emoción; junto a tres amigos nos lanzábamos a la aventura de recorrer los nada desdeñables 71 kilómetros que separaban nuestra ciudad, Cáceres, de Villarreal de San Carlos por aquellas carreteras que no eran ni por asomo las que son hoy. Alguno de mis compañeros ya conocía el entonces parque natural pero para mí, como ya he dicho, era la primera vez, y es francamente difícil describir la impresión que me causó encontrarme frente a frente con la feroz mole de Peña Falcón, bien es verdad que algo asfixiado tras superar la subida del ribero del arroyo de la Vid, primer contacto con la red hídrica de la reserva. Yo ya conocía bien otros paisajes extremeños, como la sierra de San Pedro, el valle del Jerte o La Vera; o las grandes llanuras de regadío de las vegas del Guadiana, donde me crie de alguna forma pues de allí es oriunda mi familia, la paterna y la materna, pero nunca había visto un farallón cuarcítico de tamaña envergadura elevándose sobre las calmadas aguas del Tajo, que no sabía embalsado todavía, y menos aún rodeado por doquier de siluetas de buitres sobrevolándolo.

Y no fue menos el impacto al continuar camino de Villarreal y encontrarme apenas a la vuelta con la exuberante umbría del castillo, por la que avanzamos absortos paralelos al cauce del gran río, entre quejigos, enebros y brezos arbóreos, hasta llegar a la fuente del Francés, donde suelo seguir parando para refrescarme cuando paso por allí y llevo algo de tiempo. Por aquel entonces dormíamos en los chozos de Villarreal -pocos aún eran los visitantes y nadie tenía problemas en que así fuera- que no estaban tan aparentes como hoy, claro, y con apenas unos tablones claveteados como puerta, pero que para nosotros acostumbrados ya a dormir en cualquier claro, portal de una ermita o borde de un camino parecían bungalós, si es que conocíamos ya esa palabra.

Comienzo hablando de este viaje, apenas un fin de semana por cierto, a propósito del tema del agua. Y me explico: recuerdo que aquel día al aproximarnos a Villarreal nos encontramos con algunas máquinas y obras que, según supieron contarnos después, y no creo equivocarme en el recuerdo, resultaron ser las propias de conducir el agua corriente a la localidad, pues hasta la fecha los escasísimos habitantes de la misma tenían que ir hasta las fuentes más cercanas, como la del Francés que antes mencionaba, para disponer de agua para beber. Tal era la situación aún por aquellos parajes a pesar de haber sido ya declarados parque natural algunos años atrás, en 1979 concretamente; ¡qué lejos queda todo aquello ahora!

En cualquier caso tenía algo de emocionante el hecho de que fuera parque natural, mi primer parque natural hasta aquel momento, al menos visitándolo por mí mismo. Y era emocionante porque ya teníamos a pesar de nuestra juventud cierta conciencia ecológica, y eso nos llevaba a tener la percepción de estar ante algo especial, en un lugar casi legendario. Ya sabíamos nosotros algo de pájaros –había hecho yo por aquel entonces mis primeros pinitos dibujando fauna en alguna publicación amateur- y de hecho íbamos a Monfragüe con toda la intención del mundo para verlos. Y buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial, desestimando con cierto desdén una a una la infinidad de siluetas de buitres negros y leonados que encontrábamos a nuestro paso. Ocurría entonces que ya se veían visitantes foráneos aficionados a las aves -más que nacionales, desde luego- cargados con unas ópticas que nos parecían imponentes; y nosotros nos aprendimos la curiosa técnica de localizar algunos nidos con unos pobres prismáticos que teníamos para todos y hacernos los interesantes hasta que alguno nos preguntaba qué mirábamos, y con nuestro inglés chapurreado, intercalado con los nombres científicos de las especies, le contábamos la película. Finalmente la forma más fácil de localizarle el nido o el ejemplar era usar su telescopio, lo que nos resultaba excitante en grado sumo.

“Buscábamos insistentemente a la cigüeña negra, al búho real y especialmente al águila imperial”

En ese mismo viaje, al día siguiente, tuvimos la feliz idea de dejar nuestras bicicletas en Villarreal y recorrer a pie los casi once kilómetros que la separan de la Portilla del Tiétar, con un sol de justicia pues era junio, y cosas de la edad sin agua ni recipiente alguno para transportarla. Al poco de salir echamos un trago en la fuente de los Tres Caños y desde allí no volvimos a probarla hasta que regresamos al mismo lugar; bueno, creo que chupamos un muro de contención de la presa del embalse de los Saltos de Torrejón sobre el Tiétar por el que se filtraba algo de agua, nada más pasar la Tajadilla. Al regreso al oasis que es la fuente de los Tres Caños recuerdo la sensación de olerla desde bien lejos, como esos elefantes del desierto en los documentales, con la boca seca de tanto andar y de inhalar los aromas de las hierbas serranas, corriendo los últimos metros al grito de “¡Agua!”.

Poco podía imaginar yo en aquella época, con lo que me imponía la figura del parque natural, después ampliado y convertido en reserva de la biosfera y en parque nacional, que acabaría trabajando en numerosos proyectos en este territorio. Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y el 2016, lo que me dio la oportunidad de aportar algo de historia sobre el arte de naturaleza y de trabajar con autores admirados como Juan Varela o el tristemente desparecido Antonio Ojea. Una feria con la que ni podíamos soñar hace pocas décadas y que ha llegado sin embargo a convertirse en un referente del sector gracias al esfuerzo y la dedicación de mucha gente a la que merece la pena reconocer aquí.

“Especialmente guardo un gran recuerdo de los años en que participé en la elaboración de la imagen de la FIO, entre el 2013 y 2016”

Pero han sido –y son y serán, espero- muchos otros los proyectos desarrollados, especialmente relacionados con la documentación, prospección y señalización de caminos, rutas y recursos, pero también con la edición de material divulgativo, lo que me ha llevado a tener un conocimiento probablemente privilegiado del amplísimo territorio de la reserva de la biosfera de Monfragüe. Y es mucha el agua que beber. Si bien es verdad que ya he hablado a través de mis núbiles anécdotas de lugares emblemáticos relacionados con el agua, como las fuentes del parque y los propios cauces del Tajo y el Tiétar que vertebran y modelan esta franja de tierra cacereña, hay mucho más que contar. Este último río aporta al territorio no solo referentes puntos de observación de fauna como la Portilla o la Tajadilla, sino que más hacia el norte nutre magníficas áreas de regadío donde el maíz, el pimentón y el tabaco ganan terreno al mar de dehesas circundante en los términos municipales de Toril, Casatejada y Malpartida de Plasencia; ver las grullas en la finca de Haza de la Concepción durante la invernada, por ejemplo, desparramadas entre unos y otros usos de la tierra no tiene cotejo. 

Pero las sorpresas siguen apareciendo a pesar de todo: no hará ni un año, inventariando una actuación de señalización en la ruta de la sierra de la Breña, en Deleitosa, en concreto una variante nueva que recorre el arroyo del Venero que como su nombre indica mana hasta en el más cálido de los estíos, descubrí asombrado en sus orillas los alisos más gruesos, que no más altos, que jamás haya visto. Personalmente estoy convencido de que al menos uno de ellos reúne todos los requisitos para ser catalogado como árbol singular, queda dicho, y en cualquier caso invito a quien quiera sorprenderse a que visite este paraje que ofrece mucho más. Por cierto que sería el primer aliso declarado singular de las muchas variedades de especies arbóreas de nuestro catálogo.

Y hay mucho más, claro. Años atrás, estudiando la viabilidad de señalizar la Ruta de los Ingleses en Romangordo descubrí la garganta de la Canaleja, un recóndito y fragoso paraje a los pies de la sierra de las Navas donde viejos molinos arrumbados por el tiempo y la vegetación ribereña de almeces, sauces, alisos y trepadoras, acompañan a sus cantarinas aguas hasta la fuente homónima y la Pontezuela, pasando después cerca de la localidad hasta rendir sus aguas al Tajo junto al yacimiento de Majâdat Albalat, conformando uno de los paisajes más sugerentes de toda la reserva; esas mismas aguas darían de beber hace mil años a los pobladores de aquella antigua ciudad musulmana.

Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat, curiosamente relacionada también con una antigua fortificación del periodo andalusí conocida como Castil de Oreja. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva, pues allí se encuentra la mina de la Norteña donde hasta no hace mucho se extraía galena, plomo, zinc y, en menor medida, plata. Después tuve la oportunidad de recorrerla entera siguiendo el viejo canal de la Luminosa, un antiguo molino reconvertido en fábrica eléctrica durante algunas décadas, que a medida que gana altura ofrece una perspectiva de la garganta y su entorno sencillamente espectacular, aunque debe andarse con ojo uno por aquellos abruptos parajes para evitar percances.

“Pero si un sitio me impactó fue sin duda la garganta de los Nogales, en Higuera de Albalat |LS|...|RS|. La primera vez que la visité fue a propósito de unas rutas geológicas que estábamos trazando y señalizando en la reserva”

Agua, y mucha, tiene también el embalse de Arrocampo, en Saucedilla, buena parte equipada hoy como parque ornitológico con una amplia red de recorridos y observatorios. Sus cálidas aguas y la estabilidad de su nivel han permitido a numerosas especies poco comunes en estas tierras buscar refugio entre su vegetación palustre; allí vi por primera vez un calamón y es fácil encontrarse con especies como bigotudos, pájaro moscón, avetorillo, rascón, garcilla cangrejera, águila pescadora… La sinfonía de sus orillas, entre reclamos, chapoteos y rencillas es impactante. 

Otra anécdota curiosa me pasó en la garganta del Fraile, en Serradilla. Andaba yo revisando una señalización de la ruta homónima y estando junto a la fantástica chorrera con la que la garganta supera la dura cuarcita de la portilla tuve un encuentro inesperado con los amigos de Libre Producciones, que andaban grabando para su conocido programa El Lince con Botas a un personaje local que practicaba la arqueología experimental, José María creo que se llamaba, y que me dio la oportunidad de asistir en directo y de forma imprevista al proceso de crear fuego con un arco de cuerda, un par de piezas de madera y algo de yesca. La tarde llegaba a su fin, era fresca y estaba nublado, así es que la operación le costó algo más de lo previsto; pero finalmente lo consiguió mientras era grabado y junto al espectacular entorno de la chorrera saltando entre el cantil cuarcítico, la buena conversación y un par de naranjas que me comí después de un huerto cercano lograron componer un momento irrepetible.  

Podría seguir contando muchas más cosas, como el pasmo de encontrarme con el embalse de la rivera del Castaño y la umbría del Barbechoso, entre los términos de Casas de Millán y Mirabel, y comprobar que lo de llamarse del Castaño no está justificado pues debería ser de los Castaños por los muchos que hay. O las vistas que ofrece el cerro Tejonera, en Serrejón, de la sinuosa masa de agua del Tajo y el skyline de las sierras de Monfragüe, las Corchuelas y el Espejo, espinazo del parque nacional. O las numerosas fuentes que sazonan la reserva, como las de Casas de Miravete a lo largo del camino de la Piñuela, las de Jaraicejo en las laderas de sus rañas o en el collado de los Castaños, cuyo nombre por cierto también está justificado, o las exactamente treintaitrés de la dehesa boyal el Robledo de Malpartida de Plasencia. Pero no cabe mucho más y creo que por otro lado es suficiente para que el lector se componga una idea aproximada de los recursos hídricos de la reserva de la biosfera de Monfragüe, que no son pocos. Y si no me creen vengan a visitarla, seguro que descubren muchos más.

 

AZUL PIEDRA · RESERVA DE LA BIOSFERA DE MONFRAGÜE: EN EL RÍO AQUEL

Castillos que lo vigilan; ganados, barcas, vados y puentes que lo cruzan; viejas fronteras… El río Tajo es Monfragüe, y viceversa.

Castillo de Monfragüe
→ En el río aquel

Si hay algo que determina la identidad de la Reserva de la Biosfera de Monfragüe es el Tajo, el río aquel que atraviesa y modela, desde Romangordo en el este hasta Cañaveral en el oeste, la totalidad de su territorio. Y no solo la identidad geográfica, que comparte con la presencia perenne de la dura cuarcita armoricana y del bosque y matorral mediterráneo, sino también la cultural, puesto que el río en su devenir constante marcó de una u otra forma su propia historia. En las paredes de los abrigos rocosos de sus orillas comenzamos a representar la vida que nos rodeaba, y al menos cinco siglos antes de Cristo, en pleno periodo orientalizante, alguien disponía ya de ajuares de oro tan espectaculares como el del tesoro de Serradilla. Después, la veloz invasión musulmana del siglo VIII lo convirtió en efímera frontera que, especialmente a partir del siglo XI con el nuevo avance cristiano hacia el sur, acabaría siendo el escenario de constantes razias y de violentos enfrentamientos en una y otra parte; el castillo de Monfragüe, Al-Mofrag, y los escasos restos que han sobrevivido de otras fortalezas como la de Miravete o Castil de Oreja proceden de aquella época. Y después llegó la Mesta y el tránsito de ganado, la trashumancia que el río obligaba a practicar solo por donde él mismo lo permitía, concentrando el paso de personas y animales primero en vados y después en puentes, ya la mayoría bajo una misma corona. Los mismos pasos y los mismos puentes -como el de Albalat o el del Cardenal- que resultarán decisivos algunos siglos después en los cruentos avatares de la Guerra de Independencia, convirtiéndose en escenarios de algunos hechos relevantes en su desenlace final, conmemorados en la Ruta de los Ingleses, como la batalla del Lugar Nuevo (1812) y la toma del fuerte Napoleón.

→ Majâdat al-Balât

El vado de la vía. Así traduciríamos el nombre de esta antigua ciudad musulmana, cuya fonética se ha mantenido curiosamente casi intacta hasta nuestros días como Albalat, identificando a la zona, al cercano puente y también al propio yacimiento. En este lugar el río Tajo se abría remansando sus aguas y permitiendo vadearlas con facilidad, uno de los pocos sitios donde podía hacerse en muchos kilómetros, lo que justificaría el asentamiento de una ciudad fortificada para protegerlo; se sabe que así fue, por las propias fuentes árabes, al menos desde mediados del siglo X, durante el Califato de Córdoba, y que se mantuvo hasta mediados del XII cuando cae ante los ataques de las milicias de Ávila y Salamanca.

En los últimos años, en sucesivas campañas de excavaciones dirigidas por la experta arqueóloga medievalista Sophie Gilotte, se ha perfilado la identidad de aquella ciudad identificándose un cementerio, un arrabal y un hammâm (baño público) ubicados fuera de la muralla. Pero lo más relevante son probablemente los hallazgos intramuros, donde se reconocen fácilmente calles, placetas enlosadas y edificios típicos de la cultura medieval andalusí, que sumados a los numerosos restos rescatados nos describen una ciudad no exclusivamente militar, sino que albergaba una población estable dedicada a diversos quehaceres como herreros, orfebres, agricultores, pastores o pescadores.

→ Convento de la Victoria

La imagen del Santísimo Cristo de la Victoria de Serradilla fue tallada en Madrid, en el año 1630, por el escultor Domingo de Rioja y por encargo de Francisca de Oviedo y Palacios. Según parece ya en Madrid realizó milagros, lo que dificultó que la beata pudiera traerlo hasta Serradilla, como era su intención desde el principio, por la atención que despertó la imagen en la corte, hasta el punto de atribuírsele al mismísimo rey Felipe IV su retención. Cuando finalmente lo consiguió, viéndose obligada de nuevo a hacer parada en Plasencia, sucedió tres cuartos de lo mismo pues el Cristo comenzó a hacer tantos milagros que el obispo ordenó dejarlo en la iglesia de San Martín; finalmente, no fue hasta el 13 de abril de 1641 cuando la imagen pudo llegar hasta Serradilla. Ya en 1660, en el antiguo hospital para cuya capilla se había encargado la imagen, se fundó el monasterio del Santísimo Cristo de la Victoria de las Agustinas Recoletas; a pesar de ser de clausura puede visitarse, al menos una parte, pues está reconocido como Bien de Interés Cultural.

→ Gutierre de Vargas Carvajal

La iglesia de San Juan Bautista, en Malpartida de Plasencia, es uno de los ejemplos más representativos del proceso constructivo al que se asiste en Extremadura durante el siglo XVI, cuando muchos templos se amplían y reforman debido al crecimiento demográfico y económico. Lo mismo ocurre con la iglesia homónima de Saucedilla, o con la de la Asunción, en Jaraicejo, y en todos los casos detrás está la mano, o más bien la plata, del obispo placentino Gutierre de Vargas Carvajal, quien por cierto acabaría sus días enfermo de gota, y probablemente de otras cosas, en esta última localidad. Según un documento encontrado en la Real Academia de la Historia, cuando su madre Inés de Carvajal se enteró de su nombramiento, dijo: “Guterrico obispo, perdido anda el mundo”. Entre otras hazañas de este personaje está la de financiar una expedición naval de tres barcos con el propósito de controlar el estrecho de Magallanes, colonizar la Patagonia y llegar hasta Perú, aunque según parece solo uno de ellos consiguió hacerlo.

Otro Carvajal, antepasado de este y también obispo de Plasencia, fue el famoso cardenal de Sant Angelo que financió y acabó dando nombre casi un siglo antes a los puentes sobre el Tajo y el Almonte, el primero de ellos que solo aflora en Monfragüe cuando las aguas del embalse bajan ostensiblemente. Pero volviendo a nuestro Gutierre, que tuviera un hijo con María de Mendoza legitimado a la postre por Felipe II y que acabaría siendo hombre de confianza del rey, también hay que decir que impulsó el Sínodo de Jaraicejo, donde anticipó las reformas del Concilio de Trento.

Un detalle final: la iglesia de Romangordo, que es anterior, algo más austera en sus formas y que, como la Asunción de Jaraicejo, está declarada Bien de Interés Cultural con categoría de monumento, alberga un precioso y poco habitual artesonado mudéjar cuya visita merece mucho la pena.

 

  AZUL PIEDRA - RESERVA DE LA BIOSFERA DE MONFRAGÜE
 
 
COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

MONFRAGÜE, EL PLACER DE LA ESCUCHA. Por Eloisa Matheu

→ Más que un espectáculo visual

Monfrague era un lugar mítico para los naturalistas de mi época. En los 70 eran pocos los amigos que lo habían visitado y nos contaban maravillas. Sin embargo no fue hasta finales de los 80 que visité Monfragüe por primera vez. Y fue acompañando a Jean Roché, un pionero de la grabación de cantos de las aves, en un viaje primaveral con su numerosa familia.

Para mí fue un viaje iniciático en muchos sentidos porque yo empezaba en eso de grabar sonidos de aves y naturaleza y Roché era por entonces mi "maestro" y único referente. Y lo fue también porque descubrí y conocí lugares y paisajes que me fascinaron en una época de grandes transformaciones del territorio que marcarían profundamente la vida y el entorno natural de muchos de estos lugares.

He de admitir que mi primera impresión no fue muy favorable, accediendo desde el norte por una carretera flanqueada por eucaliptos a lo largo de un embalse encajado entre sierras y riscos. De pronto, en un roquedo, numerosos buitres y otras aves rapaces ¡eso sí era el Monfragüe del que tanto me habían hablado! El paisaje que se abrió entonces ya me pareció absolutamente espectacular: el matorral mediterráneo, la dehesa en todo su esplendor. Más adelante, le fui poniendo nombre a todo ello.

Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria de manera desordenada, a veces imprecisa, otras acompañadas de visiones muy nítidas, como el nido de golondrina dáurica que descubrí mientras a mi alrededor todos enfocaban los buitres; el sonido de las alas de esos buitres tan cercanos sobre nuestras cabezas; con las primeras luces del día, las llamadas del águila imperial. Y el paisaje sonoro, afortunadamente tan difícil de resumir: pinzones, herrerillos, carboneros, trepadores azules, mirlos, currucas, petirrojos, chochines, agateadores, torcaces, picos, rabilargos, alcaudones y perdices, creando una sinfonía única de ritmos y melodías mediterráneas; el campo alegre con los cantos de abubillas, cucos, totovías, cogujadas, jilgueros, verdecillos, trigueros, gorriones, estorninos negros, milanos… las cigüeñas en los pinos; aviones zapadores bajo el puente; el paisaje sonoro nocturno de alacranes cebolleros y grillos; la música anfibia de las charcas; mochuelos, autillos, chotacabras, alcaravanes, ruiseñores... Y en Torrejón, el vocerío de los numerosos aviones comunes y golondrinas mezclado con los sonidos de la vida en la calle y, al caer la noche, el croar de las ranas, los balidos de las ovejas, los ladridos de los perros y los gritos de la lechuza literalmente sobre mi habitación.

“Tengo recuerdos sonoros maravillosos que me vienen a la memoria |LS|...|RS| pinzones, herrerillos, carboneros, mirlos, currucas, cucos...”

Desde el momento que me propusieron escribir este texto me puse a revisar algunas de las muchísimas grabaciones que tengo de Monfragüe y su entorno. ¿Cómo convertir en un texto más o menos ordenado tantas y tantas sensaciones que me produjo su escucha? Y sobre todo ¿cómo transmitirlas en palabras? Me pareció que una buena solución sería escribir pequeñas cápsulas, a modo de imágenes sonoras, que reflejaran las distintas facetas de lo que grabar en Monfragüe ha supuesto para mí desde aquella ya lejana visita relámpago con Jean Roché en los 80, cuando tantas cosas empezaban.

Mi primera experiencia grabando sonidos no fue muy buena. Mi primer equipo de grabación consistía en una enorme parábola de fibra de vidrio de 70 cm de diámetro, un tanto difícil de manejar, en la que encajaba un micrófono Beyer dinámico y todo ello conectado a una pequeña grabadora en casete. Roché me pidió que me apostara cerca de un nido de cigüeña negra situado al otro lado del río. Me dispuse muy animosa a grabar la cigüeña en cuanto entrara al nido. Durante las cuatro horas de larguísima espera tan solo pude observar un adulto entrar en el nido en un par de ocasiones y los escasos silbidos emitidos fueron tan débiles que prácticamente no quedaron grabados, incluso en una de las ocasiones coincidió con el paso de uno de los entonces escasos vehículos. Cuando Roché me recogió se rio de mi frustración de primeriza con un Ah! C'est comme ça la vie...

Posteriormente he vuelto a Monfragüe y su entorno en muchas ocasiones y sí, ya he grabado bien la cigüeña negra y he descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso.

“He descubierto rincones y paisajes extraordinarios, comprendiendo lo que da vida y valor a este lugar maravilloso”

→ Melodía entre las rocas

El canto del roquero solitario es una dulce y variada melodía aflautada que recuerda a la del mirlo, aunque yo diría que tiene una mayor riqueza tonal y el resultado de sus trinos y variaciones melódicas es más caprichoso, más difícil de predecir. Se diría que sabe aprovechar el efecto eco del roquedo que le aporta riqueza e intensidad.

Desde lo alto del castillo, apostados delante del Salto del Gitano observando las evoluciones de los buitres, ante la pared de roca que se eleva en la Portilla del Tiétar o en cualquier otro roquedo, quién no ha alzado la vista en algún momento buscando el origen de esa melodía para descubrir al fin una silueta recortada en lo alto del risco. Siempre inquieto, sus vuelos rectilíneos lo delatan pero pronto desaparecerá una vez posado.

El roquero solitario canta muy temprano, al alba; sin embargo, lo podemos escuchar también durante el día y al anochecer. Y no está solo, suelen acompañarlo otras aves como el colirrojo tizón, o el chochín amante de los orificios en la roca. Y por supuesto, otras aves contribuyen al concierto rupícola primaveral desde los matorrales y árboles que rodean y enriquecen el lugar.

→ El “dawn chorus” en el bosque mediterráneo

Un día de primavera en una pista por la que me había alejado de birdwatchers, turistas y tráfico de la carretera, me detuve en un punto cualquiera cerca de Serrejón abrumada por la belleza del entorno, saqué el reflector parabólico y me dispuse a escuchar, disfrutando del paisaje sonoro de un campo abierto, dejándome acariciar por el sol primaveral. En esas se acerca un vehículo, frena a mi lado y baja un joven. Por un momento pensé, se acabó la fiesta, seguro que me van a decir que aquí no puedo estar, primero y ¿qué está usted haciendo? después. Pero para mi sorpresa la pregunta fue bien distinta: ¿es usted Eloísa Matheu? Sorprendida dije ¿sí…?, todavía algo despistada, a lo que él respondió con una gran sonrisa y muestras de gran alegría. Él era y es Amalio Toboso, biólogo del por aquel entonces parque natural. De ese encuentro fortuito surgieron otros algo más programados, ideas y proyectos. Y sobre todo, la oportunidad de conocer rincones de Monfragüe, como Las Cansinas, que de otro modo quizás nunca habría visitado. Posteriormente el parque pasó de natural a nacional y en su mutación se truncaron proyectos. Pero quedan recuerdos de momentos vividos y las grabaciones que pretenden reflejarlos bien guardadas.

Las Cansinas es una finca cercana a la Portilla del Tiétar magnífico exponente del paisaje de Monfragüe. Un día de primavera entro más que temprano para capturar el despertar de las aves, lo que se conoce como dawn chorus, un fenómeno que tiene lugar de manera más evidente en climas templados en la época de reproducción. Las aves durante esos minutos del alba cantan de una manera diferente a como lo harán durante el resto del día. Las melodías de las aves se entrelazan unas con otras creando una nube, una atmósfera musical, envolvente, ninguna sobresale. Los bioacústicos que han estudiado este fenómeno describen motivos o melodías diferentes durante estos minutos. No se sabe con certeza cuál es el objeto del canto a oscuras: afianzar los territorios, "pasar revista" por si ha habido bajas durante la noche, las hembras aprovecharían para escuchar atentamente el canto de diferentes machos o para encuentros con otros machos en un momento de distracción de sus parejas. ¡O quizás es la alegría de vivir!

Cuando escucho ahora las grabaciones que realicé esa mañana temprano hace más de diez años, vuelvo a disfrutar con el maravilloso concierto que forman las melodías aflautadas y dulces de mirlos y oropéndolas, con el contrapunto de cucos y carboneros. Pronto aparece el arrullo de las tórtolas europeas al cual se une ahora el canto de herrerillos, pinzones, agateadores, aves todas ellas que requieren la presencia de árboles, mientras que la perdiz y un chotacabras pardo que se resiste a abandonar la escena, alzan sus ritmos desde el suelo con más o menos cubierta vegetal. En el cielo, una totovía práctica sus escalas descendentes... Difícil en una primera escucha saber cuántos individuos hay, tal es la algarabía de este amanecer. Una hora más tarde, cuando el sol ya se ha alzado, el panorama ha cambiado, algunas especies son algo más protagonistas, otras desaparecen y la escena resulta más calmada, reclaman los rabilargos, canta el pinzón su monótona cascada de notas, se escucha una abubilla lejana, sigue el cuco cantando más pausado, cloquea incansable la perdiz, las tórtolas arrullan, pían los abejarucos en el cielo, vuelve la oropéndola... Y poco después, con el calor, aparecen los insectos zumbando entre las flores, el aire parece pesar más y las aves van abandonando el escenario para alimentarse y ocuparse de sus nidos y polluelos.

Siguiendo el camino, el bosque se va aclarando, aquí la curruca rabilarga es la absoluta protagonista en un entorno de jaras soleadas. En el campo abierto que ahora se abre ante mí, en septiembre se juntarán los ciervos, los machos con sus poderosos cuerpos y grandes cornamentas se disputarán los harenes y berrearán sin descanso durante noches y días. Pero eso es ya otro "cantar".

→ La noche sonora en Monfragüe

Tengo muy buenos recuerdos de esperas en la Portilla, a pesar de ser un observatorio situado en la carretera y muy frecuentado. Sin embargo en ocasiones llego justamente cuando los observadores se marchan porque ya no hay luz suficiente para la observación y la fotografía. Recuerdo un atardecer en enero, éramos varias personas apostadas delante de las paredes de la Portilla. Ellos buscaban una pareja de búhos. Yo escuchaba los sonidos del agua, los reclamos de chochines y petirrojos, de aviones roqueros, alguna alarma de mirlo, reclamos en vuelo de lavanderas, unos últimos gritos de buitres posándose... Hasta que por fin, defraudado, se marchó el grupo. Casi al momento, cuando se alejaba el coche, el instante mágico: apareció la pareja de búhos cantando activamente, el macho un “úuooo” grave, la hembra con un tono más agudo y modulado, no del todo sincronizada con el macho. Pero además, se escuchaba un tercer individuo, ¿un inmaduro?, ¿otra hembra?, además de series largas de lo que podría ser una cópula. Al mismo tiempo, se escucharon maullidos desde los riscos colindantes, probablemente de un gato montés. Unos meses más tarde, en este mismo lugar se podían escuchar los reclamos de dos o tres pollos de búho y otras vocalizaciones que probablemente corresponderían a una hembra. ¡Todo un repertorio!

En otra ocasión, con el equipo de biólogos del parque hicimos unas esperas nocturnas con el objetivo de detectar la posible presencia de lince ibérico y los maullidos que escuchamos y grabamos concluimos que serían otra vez de gato montés. Los zorros no faltaron a la cita y nos amenizaron con su "tau-tau".

→ ... y las grullas, claro

Febrero. Una densa niebla cubre el paisaje. Me encuentro en algún punto de la reserva de la biosfera entre Torrejón y Talaván y circulo muy lentamente. En la dehesa se distinguen entre las encinas las siluetas de unas grullas alimentándose de bellotas, es un pequeño grupo. Al acercarse un vehículo elevan la cabeza estirando sus largos cuellos y comienzan a emitir unas voces de inquietud que irán in crescendo hasta que por fin baten sonoramente las alas y alzan el vuelo casi en vertical, alarmadas, lanzando sus potentes trompeteos. Es entonces cuando me doy cuenta de que el grupo no es tan pequeño y que ocultas entre la niebla y las encinas había muchas más aves que ahora vuelan en círculo hasta alejarse. Un espectáculo visual y sobre todo sonoro de gran magnitud.

Grabar y escuchar la naturaleza no es siempre una experiencia solitaria

Soy consciente de que la actividad de grabar sonidos de la naturaleza en ocasiones puede resultar algo "antisocial": todos los ruidos molestan, incluso los de la gente que intenta ayudarte. En Monfragüe he vivido dos experiencias de absoluta socialización.

Unos colegas británicos de la Wildlife Sound Recording Society deseaban incluir Monfragüe en su viaje de grabación por España. Me pidieron ayuda. Era un reto importante puesto que sabía de su escasa tolerancia hacia los ruidos procedentes de las carreteras: imposible convencerlos de que apostados en la Portilla en algún momento quizás podrían grabar algo sin que pasara algún vehículo, o llegara un grupito de entusiastas de las aves cargados con sus telescopios y prismáticos charlando alegremente. Así que solicité autorización y entramos en Las Cansinas muy temprano una mañana. El concierto que nos brindó la naturaleza no decepcionó y todavía recuerdan esta visita emocionados. Creo que el vino de pitarra contribuyó a ello.

En estos ya 30 años dedicada a escuchar y grabar, una de las mayores satisfacciones como audionaturalista ha sido la de divulgar y compartir la escucha atenta de los sonidos de la naturaleza. Inicialmente mediante casetes y CD y en los últimos años mediante cursos y talleres de campo. Y quiero acabar con el recuerdo de un taller que impartí durante la FIO 2015. Me emocionó el entusiasmo de los asistentes y compartir la experiencia de escuchar y descubrir las aves del bosque mediterráneo. Cómo han cambiado las cosas, para bien, claro, desde mi primera visita a Monfragüe.

AZUL PIEDRA · PARQUE CULTURAL SIERRA DE GATA: PIEDRAS SERRAGATINAS

Bien está la piedra en el agujero, como suele decirse; y así debe ser, como en pocos sitios, en Sierra de Gata. Castillos, arquitectura popular, iglesias y cinco magníficos conjuntos históricos que son la piedra de toque serragatina. 

Trevejo es, a pesar de lo que pueda parecer, una pedanía; tras la apisonadora de la Guerra de Independencia y las posteriores desamortizaciones se vio obligado a solicitar su supresión como municipio anexionándose al de Villamiel en 1859. Paradójicamente su posterior aislamiento conservó intactas sus esencias pétreas y gracias a la lucha por mantenerlas de personas como Chon, la que fuera su alcaldesa pedánea recordada con un busto en la puerta de su vivienda, hoy es uno de los mayores atractivos de la comarca.

Su castillo pasó a manos de las órdenes militares tras la ocupación de los territorios almohades por el reino de León, junto con los de Santibáñez el Alto, Eljas y Salvaleón; este último ha desaparecido y el resto no ha sobrevivido bien, la verdad, aunque todos merecen una visita, especialmente el de Trevejo, que con la iglesia y su espadaña anejas forman un conjunto formidable.

Algo más al norte se encuentra San Martín de Trevejo, donde los mañegos, como se conoce a sus habitantes, han sabido conservar su estilo de vida, reconocible tanto en el uso de su propia lengua -a fala, que comparten con las cercanas Eljas y Valverde del Fresno- como en la armonía arquitectónica de sus calles. Al igual que en otras localidades, como Gata, sus casas se caracterizan por fachadas con muros de piedra en su parte inferior, que suelen sobresalir hacia la calle a la altura del primer piso sosteniéndose sobre fuertes vigas de madera; en esto Robledillo de Gata tiene sus particularidades, ya que la inclinación del terreno donde se ubica el pueblo ha propiciado que se levanten dos, tres y hasta cuatro plantas. Todos ellos desprenden encanto serrano y sus callejuelas decoradas a menudo con tiestos de flores y plantas invitan a perderse.

Hoyos merece una mención aparte porque fue elegido por los obispos de Coria y cierta nobleza como lugar de residencia veraniega; aquí los escudos timbran portalones de casas palaciegas con sugerentes ventanas geminadas, y sus tres plazas, una de ellas antiguo coso taurino, dan buena muestra de la pasada alcurnia de la localidad.

→ Ay… los nombres

En la visita a Hoyos hay que prestar especial atención a la iglesia del Buen Varón, que tiene además una curiosa anécdota relacionada con su nombre: cuando en 1982 se redactó el expediente para declararla BIC (Bien de Interés Cultural), como en verdad le correspondería por sus magníficas hechuras y otros tesoros que cobija como el estupendo retablo mayor asociado al taller de los Churriguera, alguien confundió a un Varón con un Barón -quien además de ser varón posee una baronía- lo que llevó a que dicho expediente no tuviera continuidad en décadas. Afortunadamente el error se detectó y corrigió a finales del 2017 y ya tiene el reconocimiento y la protección que merece como monumento.

Algo similar, aunque parezca mentira, ocurrió con la imponente iglesia de la Asunción en Torre de Don Miguel, que por las mismas fechas se registró en el expediente original como la Anunciación, que son cosas bien distintas y no solo por su escritura: una es la elevación de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma y la otra el anuncio del arcángel San Gabriel a la misma protagonista del misterio de la Encarnación; ahí es nada. Lo cierto es que el mejor escribano echa un borrón, y hasta 2018 no se ha solventado este, pasando ya a formar parte como monumento de los bienes inmuebles protegidos de la provincia. Desde luego es una visita muy interesante, aunque solo sea para apreciar los gloriosos volúmenes renacentistas de Pedro de Ybarra.

→ Ybarra y los Ángeles

Y hablando de Ybarra; figura clave del Renacimiento en Extremadura, a donde se dice que le trajo su enemistad y rivalidad con el madrileño Rodrigo Gil de Hontañón, como maestro mayor de la diócesis de Coria y la Orden de Alcántara se le deben buena parte de sus obras civiles, militares y religiosas. Entre ellas hay que acentuar la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles en Acebo, a cuya magnífica torre, parte de la nave y trazas de la portada y el coro se dedicó desde 1554 a 1566, pocos años antes de morir. Es una visita iluminadora y también tiene la declaración de monumento.

→ Los Pajares

Para acabar, un lugar de interés etnológico: los Pajares de Santibáñez el Alto, que reflejan de manera incontaminada el modo de vida agroganadero tradicional. Se trata de un barrio de establos, cuartos de aperos y pajares con un régimen de propiedad muy peculiar: el terreno y la piedra de los edificios son del Ayuntamiento que los presta a los usufructuarios, quienes aportan la teja que podrán llevarse cuando abandonen su uso. 

  AZUL PIEDRA - PARQUE CULTURAL SIERRA DE GATA
 
 
COLECCIONABLE AZUL PIEDRA
 

Páginas